Entre tanto invento inutil, por fin ha caído en mis pies un invento inteligente que me hace sentir bien todas las mañanas. Se trata de una báscula de medida del peso corporal, digital e inteligente que está siendo la delicia de mis ojos en las últimas semanas.
Cansado del oscilar de la vieja báscula de resortes y muelles que ha presenciado mi indolente incremento de peso suave pero progresivo de todas la vida compré hace escasos meses una báscula de esas de 40 Euros y superficie trasparente y diseño minimalista que hacer dudar sobre su resistencia y precisión por la finura de sus líneas.
Lo primero que me sorprendió de la báscula "digital" en comparación con la "analógica" fue la constancia de la misma. Mientras que la vieja daba una cifra distinta con oscilaciones de hasta dos kilos cada vez que me pesaba en ella, por lo que había que promediar o tomar la cifra mas baja (por aquello de no sentirse tan mal) después de varias pesadas a la par que siempre quedaba el consuelo de que ese día que daba más de la cuenta es que estaba la máquina un poco rendida de tanto sobrepeso. La nueva manteniene una tozudez en la pesada que ralla en lo beligerante, así me suba veinte veces, siempre da la misma pesada con una variación máxima de 200 gr. y eso entre la primera y la segunda, como si le pillase la primera desprevenida, Y tras ello, toma esa referencia segunda para mantenerla (como si tuviese memoria de la última pesada y la repitiese sin molestarse en volver a hacerlo).
Pero no habría sido esto motivo de un escrito si no hubiese observado algo curioso que ocurre desde hace unas semanas y que me está haciendo especialmente feliz.
Ocurre que cada día, cuando me levanto y tras el ritual de higiene matutino me subo a la antedicha báscula y observo que he perdido -y la verdad es que no se como, ni donde- 200 grs por jornada, sea laboral o festiva, de forma que si sumo todo lo perdido desde que vigilo el incidente va para 5 kilos esfumados por arte de "bilibirloque?".
Podría pensarse que estoy haciendo una dieta hipocalórica que justifique esa perdida tan intensa. Pero nada de eso, en casa, quizás soy el único que no recuerda la fecha en que hizo dieta. Es más, las odio de tanto ver a mi media naranja (que se cree una naranja entera) leer libros sobre dietas y vivirlas permanentemente en una lucha titánica por mantenerse como una sílfide a expensas de privaciones, alcachofas, pomelos, astronautas, comidas disociadas, sopas mágicas, sobres, aceites laxantes, colas de caballos diuréticas y un largo sin fin que sólo de pensarlo amargan la comida.
Por supuesto que no me he privado de nada y que me regalo ampliamente con mis buenas dosis de chocolate con almendras, frutos secos, aceitunas, etc. Pues el comer es uno de los pocos placeres que aun servidor le van quedando.
Y ¿como puede está maquinita romper la tendencia de decadas con lento incremento, pero incremeno en fin, de unos tres kilos por año que desde la juventud me ha ido acompañando?.
¿Magia nipona? ¿Báscula de la felicidad? pues, por loca o tonta que parezca la cuestión, quizás si.
Que si tacamochis que se mueren si no les damos cariños. Que si TomTones que te hacen dar la vuelta en una autopista de peaje (teniendo que pagar, por tanto, tres veces el peaje porque al seleccionar el viaje la máquina cree que es mas corto el camino por la carretera normal que por la de pago). Que si relojes de pulsera que te dan la hora en código binario. Son tantas las pamplinas que se han fabricado y se segirán fabricando que ¿porqué no pensar en la báscula feliz, que con su pequeña memoria recuerde y nos reconozca las pezuñas y vaya quitando a cada cual y cada día 200 grs de nada?.
Lo cierto y verdad es que espero el momento diario de pesarme con ilusión y alegría. Mi autoestima está mejorando, incluso empiezo a verme una ligerísima menor barriga y ya casi alcanzo a poderme cortar las uñas de los pies sin tener que guardar la espiración forzada ni ponerme morado de la anoxia que me provoca clavarme los mulos en el abdomen.
Con la ilusión de que no se rompa la magía de los 200 grs diarios menos cada día, he reducido en esta semana mi dosis de chocolate diario de dos onzas a una y media, aunque sigo con las tres veces al día como si fuese una prescripción médica en la que me fuera la vida.
En un alarde de autoestima y deseos de mejorar, esta semana he ido dos días andando al trabajo. Me sentía eufórico al sentir el aire sobre mi cara a lo largo de los escasos 300 metros que me separan del hogar.
Hoy he vuelto al coche y a la doble dosis de chocolate. Y mi dieta ha sido la normal, plato de arroz con carne de primer plato y dos huevos fritos con patata de segundo con abundante pan y aceitunas de almuerzo y para la cena unos buenos San Jacobos con sus salsas bravas y mostazas varias de aderezo, sus aceitunas y pan de complemento, con un fin de fiesta de tarta de chocolate tipo casero tan espesa que había que cortar los trocitos de la buena cuña a cuchillo limpio. Por supuestos colmados con las onzas de chocolate ambas comidas.
Y mientras mi mujer, mirándome de reojo, con su platito de espinacas al agua hervida con salsa homeopática de pollo (se obtiene haciendo una reducción en agua hirviendo en una perola sobre la que se proyecta la sombra de un buen pollo de granja degollado) .
Y espero que mañana la báscula mágica cumpla su objetivo.
¿Habré cogido una tenia? ¿Me habrá cambiado el metabolismo? o ¿tengo un báscula amable e inteligente?
En Junio eran 106,5 kilos. Ayer fueron 101,9. Esta mañana fue 101,7. ¿Mañana? Mañana os lo cuento.
Lo curioso es que como se entere mi mujer es capaz de hacer la dieta de la báscula milagrosa y de esta manera, comer normal por unas semanas hasta darse cuenta de que, como cualquier otra técnica, todo se queda en la ilusión de cada día.
Dulces sueños.
____________________________________
9.30 de la mañana. 101.6 kgs. Sin comentarios.